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Es ésta la primera vez que ve la luz en lengua española un grupo importante de las cartas escritas, de puño y letra, por el legendario librepensador, científico, matemático, espadachín, gramático, soldado, poeta y dramaturgo parisino Cyrano de Bergerac (1619-1655), al que se conoce más como héroe de ficción a través del teatro y del cine que como personaje histórico y poeta. Las magníficas versiones fílmicas dirigidas por Augusto Genina (1925), Michael Gordon (1950) y Jean Paul Rappenau (1991), cuya interpretación a cargo de Gérard Depardieu convirtió a Cyrano en un neorromántico fenómeno de masas, junto a las innumerables representaciones teatrales, han mantenido viva la memoria de este singular y controvertido personaje del Barroco. Zanjamos así una deuda pendiente en nuestro país con uno de los personajes reales y de ficción más evocados, pero paradójicamente menos conocidos, algo que, por otra parte, suele ocurrir. En concreto, el lector tiene hoy ante sus manos las dieciséis cartas de amor que del verdadero Savinien de Cyrano de Bergerac nos han llegado hasta nuestro días. He aquí el ramillete de cartas amorosas, aquellas que le dieron fama y que de forma manuscrita e impresa han disfrutado los lectores allende los Pirineos. Plantear un epistolario amoroso como una forma de expresión sin un destinatario concreto la mayor parte de las veces, siguiendo unos modelos literarios y pragmáticos listos para ser distribuidos cual gacetillas en torno al Pont-Neuf, en París, cuando la idea que se tiene del vate y libertino galo es la de un aventurero romántico, no deja de resultar, por lo menos, chocante y puede que a más de uno le trastoque la imagen que de él tenía. Sin embargo, a la luz de la traducción, una idea mucho más nítida que la que se tenía sobre su labor de escritor se presenta colándose de rondón, merced a este pequeño corpus. En cualquier caso, se trata de una imagen de su labor de poeta no demasiado alejada de la propugnada por Edmond Rostand en su drama Cyrano de Bergerac (1897), pues en ella recordaremos que el héroe pone su pluma al servicio del joven cadete Christian de Neuvillette por el secreto amor que el joven profesa a Roxanne. La literatura se hace, pues, función, y tanto da que Rostand lo reconstruya fingiendo ser Christian bajo el balcón de Roxanne, que imaginarlo escribiendo epístolas en su casa o en las tabernas, para sí o por encargo, si lo que descubrimos es que una carta forma parte del disfraz, de la múltiple personalidad de Cyrano. Estamos, en definitiva, ante el ingenio de un poeta barroco al servicio de unos intereses.
David Felipe Arranz
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