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Título: CUATRO FILÓSOFOS EN BUSCA
DE DIOS
A través de las obras de cuatro grandes pensadores del siglo XX, López Quintás nos sumerge en un apasionante viaje por sus trayectorias intelectuales y espirituales, que tienen el factor común del encuentro final con Dios, aun por caminos bien diferentes. Con notable rigor intelectual, López Q. nos ayuda a descubrir las íntimas inquietudes de cada uno de esos filósofos, su esfuerzo vital por acercarse a la verdad y con ella a la felicidad. Despliega su teoría del encuentro, muy sugerente en un mundo altamente racionalista e individualista. Tendemos a considerar como lo más valioso lo que se puede conocer de modo contundente, exacto y seguro, sin reparar en que tantas veces lo más valioso se nos revela sin imponerse y en medio de cierta ambigüedad. López Quintás nos plantea que finalmente lo decisivo no es tanto lograr demostrar la veracidad de un conocimiento cuanto acertar a sobrecogerse ante lo altamente valioso. Y esto sucede con todas las experiencias humanas: la deportiva, la estética, la ética, la religiosa.... “Lo decisivo es la hondura del conocimiento, no la seguridad”. Buena parte de su obra se centra en Miguel de Unamuno. Descubre una gran diferencia entre el Unamuno que conoce la opinión pública, y el más auténtico, el que se confiesa en su Diario íntimo. Ese diario ha tenido escasa difusión, y sin embargo contiene su pensamiento más hondo y sincero, que día a día se va haciendo más cristiano, sobre todo a raíz de la luz intelectual que recibió en 1897, en la que vio que “el conocimiento de lo valioso exige compromiso personal por parte del cognoscente”. López Q. subraya en Unamuno el vigor personal con que supo plantearse, frente al indiferentismo religioso, los grandes temas de la existencia: la presencia del mal, el sentido de la vida y de la muerte, la trascendencia, Dios. Y al descubrir que el encuentro con lo valioso compromete, descubre también que lo mejor de uno mismo es lo que se llega a ser a través de la entrega a realidades valiosas, y no lo que se es cuando uno queda encapsulado en sus intereses egoístas. Por eso afirma: “No se trata de poseer verdades -como hacen los intelectualistas- sino de dejarse poseer por la verdad. La actitud intelectualista -objetivista, dominadora, distanciadora del objeto de conocimiento- provoca el agostamiento espiritual del hombre, porque lo aleja de cuanto está destinado a nutrirlo”. “El impulso creador procede de las realidades que rodean al hombre y le invitan al encuentro; y no del yo solo y seco, que se agota en sí mismo y es incapaz de suscitar alegría”. Unamuno, en la línea de San Agustín o Pascal, descubre que la bondad es criterio de verdad porque es fundadora de campos de juego y de iluminación entre los hombres. He aquí un ejemplo: “Lo que más une a las almas es la experiencia en común del dolor. Amar es compadecer”. La luz brota en el encuentro, y éste pende de la actitud de apertura generosa. Condúcete como si creyeras, y acabarás creyendo. Al estudiar el itinerario de García Morente, López Quintás analiza con hondura ese modo elevado de unidad que puede llegar a ser la música, y especialmente la música sacra, cuando eleva nuestro espíritu hacia el encuentro con realidades supranaturales. Es conocido el suceso de la conversión de Morente durante una audición musical: escuchando sin finalidad concreta La infancia de Jesús, de Berlioz, se sumerge de pronto en un estado de “deliciosa paz” y su imaginación se llena de imágenes vivas e intensas de la vida de Jesús, Dios hecho hombre como nosotros, que ama y sufre por los demás en silencio. Ese silencio de Dios, similar al silencio del Creador, le descubre el profundo respeto de Dios a la libertad humana, y le llena de confianza y amor. Y Morente, que poco antes se hallaba a distancia infranqueable de Dios, se encuentra de pronto en una cercanía sobrecogedora, que trasforma su mentalidad y su vida. Los amantes de la música disfrutarán con el amplio estudio que, para analizar ese suceso, López Quintás dedica a la experiencia musical, de la mano de Bach, Agustín de Hipona, Teresa de Jesús o Juan de la Cruz, entre otros. Son también muy sugerentes los capítulo dedicados a Edith Stein (defensora de la razón y del cultivo de la mirada interior, hasta llegar a la revelación de una riqueza desconocida, que contenía el sentido pleno del ser y de la vida), y a Romano Guardini. El libro contiene en abundancia buen material para la reflexión pausada, que sin duda contribuirá a la formación del lector. Especialmente a esa formación a la que alude certeramente: “Formarse no es en primer lugar adquirir erudición, dominar la realidad con el conocimiento, ficharla, inventariarla para tenerla a buen recaudo. Significa configurar el propio ser conforme a un modelo (Bild) esencial. Formarse es ponerse en disposición de conferir al propio ser la figura que le corresponde. La figura del ser humano es relacional. La formación se logra en el encuentro. El hombre fue creado por una llamada, una llamada al encuentro. Encontrarse es primariamente responder a una llamada creadora. En esa respuesta radica la verdadera formación.”
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