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RESEÑAS DE LIBROS


Dos Minutos - José Alberto García AvilésDOS MINUTOS: MICRORRELATOS
José Alberto García Avilés
Eiunsa
Barcelona, 2008
160 págs.


 

Cada uno de estos microrrelatos cuenta una historia en seis líneas o en tres páginas. En ellos encontramos una variedad de acontecimientos, personajes y situaciones, presentados de una forma original y contundente. Son relatos dirigidos a un público joven e inquieto, que se adaptan perfectamente a la generación de Internet, caracterizada por la experiencia intensa, breve e inmediata.

«Dos minutos: Microrrelatos consta de más de setenta textos narrativos breves. José Alberto García Avilés se nos presenta, con este libro, como un excelente creador de minificciones. Su aportación al género es ya importante. Tiene una aguda visión del mundo y un excelente sentido del lenguaje, y se percibe en sus creaciones el rumor de la creación cuando esta funciona con suavidad y, sobre todo, con alegría. La lectura de esta colección de microrrelatos es, pues, doblemente recomendable: nos lleva a conocer a un nuevo escritor y, al hacerlo así, nos permite experimentar el deleite que proporcionan los libros bien escritos, es decir, aquellos que desde su nacimiento parecen manifestar la intención de entablar un rico diálogo con el lector».
Del prólogo de David Lagmanovich, Universidad de Tucumán, experto en microficción.


 

ALGUNOS MICRORRELATOS del libro

Ingenio
Un barbudo de unos 35 años sostenía un cartel en el metro: “Mi único crimen es tener hambre. No me importa que la gente no se pare a mirarme. No me importa no poder ducharme. Ni pasar frío. Lo que de verdad me importa es estar solo”. Esa mañana le contraté como creativo en mi agencia. A los tres meses ganamos la campaña de Airbún y poco después una idea suya fue León de Oro en Cannes. La semana pasada tuve que despedirle: era demasiado bueno.

Esos ojos
La abuela se levantó y fue a buscar unas cuantas patatas más. Comencé a pelar con menos prisa las que le quedaban. Escuché el crujido de unos pasos en la grava y pensé que era la abuela. De repente apareció él en el umbral. Me levanté. Nos quedamos mirándonos sin decirnos una sola palabra. Tan sólo clavábamos la vista en el otro. Él veía a una adolescente desconocida que tenía el cabello y la nariz de mi madre. Y yo veía a un hombre desconocido y envejecido, con grandes bolsas bajo los ojos. Era una versión decrépita del joven con uniforme militar que la abuela guardaba en un estante del salón. Pero en medio de aquella cara encontré unos ojos castaños como los míos. Y supe que nos quedaba el resto de nuestras vidas para hablar.


 

 

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