Cada uno de estos
microrrelatos cuenta una historia en seis líneas o en tres páginas. En
ellos encontramos una variedad de acontecimientos, personajes y
situaciones, presentados de una forma original y contundente. Son
relatos dirigidos a un público joven e inquieto, que se adaptan
perfectamente a la generación de Internet, caracterizada por la
experiencia intensa, breve e inmediata.
«Dos minutos: Microrrelatos consta de más de setenta textos
narrativos breves. José Alberto García Avilés se nos presenta, con
este libro, como un excelente creador de minificciones. Su aportación
al género es ya importante. Tiene una aguda visión del mundo y un
excelente sentido del lenguaje, y se percibe en sus creaciones el
rumor de la creación cuando esta funciona con suavidad y, sobre todo,
con alegría. La lectura de esta colección de microrrelatos es, pues,
doblemente recomendable: nos lleva a conocer a un nuevo escritor y, al
hacerlo así, nos permite experimentar el deleite que proporcionan los
libros bien escritos, es decir, aquellos que desde su nacimiento
parecen manifestar la intención de entablar un rico diálogo con el
lector».
Del prólogo de David Lagmanovich, Universidad de Tucumán, experto en
microficción.
ALGUNOS
MICRORRELATOS del libro
Ingenio
Un barbudo de unos 35 años sostenía un cartel en el metro: “Mi único
crimen es tener hambre. No me importa que la gente no se pare a
mirarme. No me importa no poder ducharme. Ni pasar frío. Lo que de
verdad me importa es estar solo”. Esa mañana le contraté como
creativo en mi agencia. A los tres meses ganamos la campaña de
Airbún y poco después una idea suya fue León de Oro en Cannes. La
semana pasada tuve que despedirle: era demasiado bueno.
Esos ojos
La abuela se levantó y fue a buscar unas cuantas patatas más.
Comencé a pelar con menos prisa las que le quedaban. Escuché el
crujido de unos pasos en la grava y pensé que era la abuela. De
repente apareció él en el umbral. Me levanté. Nos quedamos
mirándonos sin decirnos una sola palabra. Tan sólo clavábamos la
vista en el otro. Él veía a una adolescente desconocida que tenía el
cabello y la nariz de mi madre. Y yo veía a un hombre desconocido y
envejecido, con grandes bolsas bajo los ojos. Era una versión
decrépita del joven con uniforme militar que la abuela guardaba en
un estante del salón. Pero en medio de aquella cara encontré unos
ojos castaños como los míos. Y supe que nos quedaba el resto de
nuestras vidas para hablar.