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EL MONTAJE
Novela ambientada y escrita en la Europa de la guerra fría. Constituye una buena síntesis de la desinformación operada desde la Rusia soviética y sus satélites (especialmente Alemania Oriental) sobre la sociedad occidental. Describe pormenorizadamente las múltiples técnicas y estrategias lanzadas por los comunistas para manipular la opinión pública: propaganda blanca; propaganda negra, en la que ya aparece la mentira; intoxicación, que es una forma sutil de inducir a error; la desinformación como estrategia global; la influencia, mediante agentes y técnicas inverosímiles… Y cientos más: difusión de falsos manuscritos atribuidos a disidentes; presentar grandes mentiras arropadas por alguna verdad; tratar como iguales realidades absolutamente desproporcionadas; difundir contraverdades no comprobables;… Eran técnicas viejas, pero llevadas a cabo con un empeño, precisión y amplitud quizá jamás vistos en el mundo. Pero el objetivo soviético no era sólo desinformar, sino atacar todos los planes de crecimiento de quien consideraba su enemigo: Occidente. Hacía falta quebrantar cuanto pudiera fortalecerle: la fe en un ideal común, las virtudes de los jóvenes, las comunicaciones y el transporte, la natalidad, las tradiciones, y por supuesto la religión. Se emplearon a fondo en ese objetivo desestabilizador durante decenios, con el apoyo de sus cajas de resonancia en cada nación europea. Así enumera algunas de las máximas que debían seguir los agentes soviéticos: desacreditar el bien; comprometer a los jefes; quebrantar su fe, inculcando desdeño hacia los valores y ridiculizando las tradiciones; utilizar individuos viles; desorganizar a las autoridades y sembrar discordia entre los ciudadanos; excitar a los jóvenes contra los viejos; perturbar el abastecimiento (papel de determinados sectores sindicales); apelar a los instintos más bajos de la juventud; fomentar la difusión de músicas lascivas; fomentar la lujuria; no reparar en gastos para comprar voluntades… El libro no ha perdido utilidad: sirve para dar a conocer a las jóvenes generaciones cómo se llegaron a fraguar, en amplios sectores de la Europa libre, estados de opinión favorables al comunismo, gracias a una propaganda concienzudamente elaborada que fue capaz de presentar como idílica una sociedad en la que reinaba el terror y la miseria, como bien pronto se pudo comprobar. Supo usar para lograrlo, entre otros medios, a quintacolumnistas a sueldo o muy bien recompensados, captados casi siempre en el mundo de la literatura (destaca en la novela el personaje del agente literario), el periodismo, la cultura y el arte. Su lectura enseña también a estar alerta para discernir entre la avalancha de información y propaganda, abierta o camuflada. Existen poderosos grupos de presión, algunos herederos de las mismas ideologías materialistas y ateas que sostenían el totalitarismo soviético, que siguen usando profusamente las mismas tácticas de mentira y confusión. Con sus montajes, lanzados desde cajas de resonancia estratégicamente situadas en nuestro mundo globalizado, logran que no pocos ciudadanos sigan cayendo ingenuamente en sus redes. Un claro ejemplo es la campaña actual contra Benedicto XVI y la Iglesia católica. Nunca el ciudadano ha necesitado más sentido crítico y capacidad de discernimiento. Es cierto que la verdad siempre acaba abriéndose camino: no hay más que ver lo que sucedió en el imperio soviético, o lo que fue de los partidos comunistas europeos. Pero mientras se hace la luz, hay un tiempo en que muchos desprevenidos son seducidos por los oropeles de la mentira. No se dan cuenta de que se está operando a su alrededor una gran siembra de confusión, cuyo objetivo es –como se propuso Mao Tsé-Tung- forjar el molde de las conciencias de las masas adversas a su ideología. Por eso libros como éste, sin ser definitivos, aportan un bagaje necesario para quien quiera pensar por sí mismo, y no por las cabezas de unos pocos con mucho poder. Porque esos ideólogos existen, aunque su máxima primordial sea negar a toda costa su existencia. Es la misma máxima del diablo, que “nunca sale mejor parado que cuando finge no existir.” Explica Vladimir Volkoff que los rusos tienen un vocablo para designar no la falsedad, o la mentira, o el error, sino, muy exactamente, lo contrario de la verdad: KRIVDA. Y que por eso solían decir –en pleno triunfo aparente de la desinformación soviética- que bastaba con leer el diario oficial PRAVDA (Verdad) en un espejo para saber a qué atenerse. En esto andaban más espabilados que muchos occidentales incautos.
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