El libro Sobre la
televisión recoge los textos de dos emisiones televisivas del
autor, así como otros tres artículos más breves sobre las mismas
cuestiones.
La tesis principal del libro es la siguiente: la televisión, en su
afán por llegar a un mayor número de audiencia, simplifica enormemente
la realidad, convirtiéndola en mera diversión, en entretenimiento
banal e incomprensible. Lo que no queda bien en su formato –brevedad,
apoyo con imágenes, espectacularidad- queda silenciado o relegado,
dejando de tener relevancia pública.
Esta banalidad reinante en el medio televisivo es aprovechada para
obtener notoriedad por una suerte de “científicos-periodistas” que,
incapaces de merecer reconocimiento en el campo de su propia
disciplina, se autoproclaman divulgadores de las verdades de su ésta.
Con ello, se introduce en el ámbito de la producción cultural
(científica, matemática, jurídica, médica, etc.) un elemento externo y
distorsionador: el ansia de reconocimiento mediático. Este ansia de
notoriedad dificulta o imposibilita la verdadera producción cultural,
ya que la cultura y la verdadera ciencia muchas veces no son ni
fotogénicas ni plebiscitarias. Como señala el propio autor, en el
prólogo del libro: "Pienso, en efecto, que la televisión, a través de
los diferentes mecanismos que intento describir de forma sucinta (...)
pone en muy serio peligro las diferentes esferas de la producción
cultural: arte, literatura, ciencia, filosofía, derecho".
Algunas citas interesantes:
"Pienso, en efecto, que la televisión, a través de los diferentes
mecanismos que intento describir de forma sucinta (...) pone en muy
serio peligro las diferentes esferas de la producción cultural: arte,
literatura, ciencia, filosofía, derecho; creo incluso, al contrario de
lo que piensa y lo que dicen, sin duda con la mayor buena fe, los
periodistas más conscientes de sus responsabilidades, que pone en
peligro no menor la vida política y la democracia" (p. 7).
"Es verdad que hay intervenciones políticas, y un control político
(que se ejerce, en particular, mediante los nombramientos de los
cargos dirigentes), pero también lo es que en una época como la
actual, de gran precariedad en el empleo y con un ejército de reserva
de aspirantes a ingresar en las profesiones relacionadas con la radio
y la televisión, la propensión al conformismo político es mayor" (p.
19).
"La televisión es un colosal instrumento de mantenimiento del orden
simbólico" (p. 20).
"Como es bien sabido, hay un sector muy importante de la población que
no lee ningún periódico, que está atado de pies y manos a la
televisión como fuente única de informaciones. La televisión posee una
especie de monopolio de hecho sobre la formación de las mentes de esa
parte nada desdeñable de la población" (p. 23).
"De este modo, la televisión, que pretende ser un instrumento que
refleja la realidad, acaba convirtiéndose en instrumento que crea una
realidad. Vamos cada vez más hacia universos en que el mundo social
está descrito-prescrito por la televisión. La televisión se convierte
en el árbitro del acceso a la existencia social y política" (p. 28).
"La televisión lleva a su extremo esta contradicción en la medida en
que está más sometida que cualquier otro universo de producción
cultural a la presión comercial, a través de los índices de audiencia"
(p. 51).
"La televisión puede hacer que una noche, ante el telediario de las
ocho, se reúna más gente que la que copra todos los diarios franceses
de la mañana y de la tarde juntos. Si un medio de esas características
suministra una información par todos los gustos, sin asperezas,
homogeneizada, cabe imaginar los efectos políticos y culturales que de
ello pueden resultar. ES una ley que se conoce a la perfección: cuanto
más amplio es el público que un medio de comunicación pretende
alcanzar, más ha de limar sus asperezas, más ha de evitar todo lo que
pueda dividir, excluir, más ha de intentar no escandalizar a nadie,
como se suele decir, no plantear jamás problemas o sólo problemas sin
trascendencia" (p. 64).
"Los periodistas (...) deben su importancia en el mundo social a que
ostentan el monopolio de hecho de los medios de producción y difusión
a gran escala de la información, mediante los cuales regulan el acceso
de los ciudadanos de a pie, así como de los demás productores
culturales, científicos, artistas, escritores, a lo que a veces se
llama el “espacio público”, es decir a la difusión en gran escala" (p.
67).
"Impulsadas por la competencia por las cuotas de mercado, las cadenas
de televisión recurren cada vez más a los viejos trucos de los
periódicos sensacionalistas y dedican el espacio más importante,
incluso todo el espacio disponible a veces, a la crónica de sucesos y
a las noticias deportivas" (p. 74).
"Uno tiene la sensación de que la presión de los periodistas, tanto
cuando expresan sus visiones o sus valores propios como cuando
pretenden, con total buena fe, erigirse en portavoces de la emoción
popular o de la opinión pública, orienta a veces poderosamente la
labor de los jueces" (p. 82).
"¿Le cabe a alguien en la cabeza que se pueda resolver una polémica
entre dos matemáticos, dos biólogos o dos físicos mediante un
referéndum, o mediante un debate entre dos interlocutores escogidos
por un presentador de televisión?" (p. 83).
Juan Mª Martínez Otero
octubre 2007